Guinea-Bissau, un sinfín de palabras

Mi primer viaje al auténtico mundo africano -y digo auténtico, porque mi experiencia africana se había limitado a unas vacaciones en Marruecos,- no podría definirlo con una única palabra.  Fuerza, emoción, belleza, valentía, admiración, alegría… serían solo algunas de ellas.

El objetivo principal de mi viaje era el seguimiento de los proyectos que Humana y ADPP-Guinea-Bissau están implementando en la zona, concretamente en Bissora, en la Región de Oio. Sin embargo, me monté en el avión con algún objetivo más: conocer y disfrutar; de la gente, del país, de su belleza y de su cultura. Y así fue.

Me llamó mucho la atención que todo gira en torno al comercio local. El centro de Bissau tiene muchísimo movimiento de personas, coches, bicicletas, pero no desde nuestra visión del Norte con grandes tiendas y supermercados, sino con infinidad de comerciantes ambulantes, con personas que se agolpan junto a los pequeños puestos y charlan, ríen, negocian. En la mayoría de los casos, esta actividad constituye su único medio de subsistencia.

Algo que disfruté muchísimo era el ir y venir diario. Cada mañana, en mi camino a la Escuela Profesional de Bissora -donde me reunía con el equipo de los proyectos para emprender las visitas- siempre me encontraba a alguna mujer con su pequeño y modesto puestito donde vendía pan o algún dulce elaborado en casa. De la misma forma, cada tarde, de vuelta a casa, pequeños grupos de niños y niñas acudían desde sus casas situadas al borde del camino a saludarme, ofreciéndome sus manos y sus brillantes sonrisas.

Pero como contrapunto a este amable escenario, pude comprobar in situ la deficiente situación del país, donde la cobertura de las necesidades básicas de la población -salud, educación, agua y saneamiento, habitabilidad básica, etc.- es insuficiente, casi inexistente. Es por esto que ADPP y Humana han considerado estos ámbitos del desarrollo como sectores de clave en los que actuar y ha puesto en marcha programas de formación profesional, ayuda a la infancia y agricultura, que en la actualidad abarcan a unas 5.700 familias.

Tuve la gran oportunidad de conocer a estudiantes y docentes de la Escuela Profesional; a agricultoras beneficiarias del proyecto de agricultura que trabajan con sus hijos a la espalda, que portan el balde de agua en sus cabezas; que venden sus productos en el mercado de los viernes, después de caminar 13 kilómetros con todo a cuestas; a familias vecinas;  y todos ellos, a pesar de las enormes dificultades, me transmitieron su entusiasmo, su motivación por mejorar sus condiciones de vida, y su fortaleza.

Marta Mansilla

Departamento de Proyectos

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