Kanyondi Oliver nos cuenta su historia

Nunca pensé que la agricultura y la ganadería podrían despertar mi interés. Cuando en enero de 2010 me comunicaron que iba a incorporarme a un programa de formación sobre estos temas, mi mayor temor fue que nunca iba a aprender. Pero ahora que he comenzado la formación, estoy muy interesado en ella. Así, por ejemplo, ya soy capaz de castrar a los cerdos machos, ocuparme del cuidado de las plantas del jardín o alimentar a cerdos y pollos. He descubierto, en definitiva, que la formación es algo positivo y muy provechoso para mi futuro. ”

Kanyondi Oliver nació en Chingola (Zambia), en junio de 1993. Tiene ahora 17 años. Sus padres murieron cuando era muy joven, por lo que fue criado por su abuela. En 2003, estando en 6º grado, tuvo que abandonar la escuela básica en la que estudiaba, en Ipafu, porque su abuela no podía costear su educación. “Quería hacer algo ya que no podía ir a la escuela, así que terminé en la calle donde imaginaba que la vida sería fácil para mí. Pero no fue como yo pensaba”, explica Oliver.

Oliver pasó en la calle cuatro años llenos de dificultades, en los que tuvo que valerse por sí mismo, a través de la mendicidad y el robo. Se encontró con otros muchachos, mayores que él, que le maltrataban salvo que les pagara por su protección. Con el fin de parecer más fuerte y valiente y para combatir los rigores del frío, inhaló gasolina y pegamento.

“Un día vi a mi abuela en la calle buscándome. Me dijo que regresara a su casa para que pudiera recibir cuidados en un lugar cercano a la escuela de Ipafu. Allí, nos dijeron que iban a financiar mi estancia en un internado. Posteriormente, me llevaron a la Dirección Provincial de Kabwe para incorporarme a un grupo con cuatro niños y dos niñas. A continuación, la Seguridad Social nos condujo a la escuela de Children’s Town de Development Aid from People to People (DAPP), contraparte de Humana Fundación Pueblo para Pueblo en Zambia, en la que nos recibieron con una cálida bienvenida y nos enseñaron los que iban a ser nuestros dormitorios. Los responsables de DAPP se reunieron con nosotros y nos comentaron que íbamos a empezar la escuela el martes siguiente y que teníamos que asistir a clases de formación”.

Oliver está muy agradecido por la formación y la ayuda que está recibiendo: “En el futuro me gustaría ser agricultor, ser propietario de mi propia granja o trabajar en la de alguien. Espero, además, continuar con mis clases al acabar cada día mi jornada de trabajo.”

Oliver es sólo un ejemplo de los jóvenes que en la actualidad tienen la oportunidad de formarse en la escuela Children’s Town. La falta de acceso a la educación está estrechamente ligada al hambre y la pobreza. Dificulta el desarrollo, actúa en detrimento de la productividad y de la salud y limita las oportunidades para mejorar los medios de subsistencia. La formación profesional constituye, por tanto, una de las herramientas más eficaces para permitir a la población escapar de la pobreza. Es un elemento indispensable para la generación de ingresos y la creación de empleo, que tiene repercusiones directas en otros ámbitos del desarrollo, como la salud y la seguridad alimentaria.

Departamento de Proyectos

Namibia, país de contrastes

Development Aid People to People Namibia (DAPP) lleva trabajando en este país desde 1990, implementando proyectos relacionados con el VIH/SIDA, la tuberculosis, la malaria, las enfermedades prevenibles en los niños, el medio ambiente, los huérfanos y los niños vulnerables, el desarrollo comunitario y la movilización de la comunidad. Durante 2010 he tenido la oportunidad de visitar Namibia y conocer la labor de DAPP, una de las contrapartes de HUMANAen África. El objetivo del viaje era trabajar codo con codo con DAPP en la propuesta de un nuevo proyecto para la Unión Europea.

Namibia es un país de contrastes. La capital es impresionante, bien desarrollada y llena de industrias, edificios altos y calles llenas de automóviles modernos; por el contrario, existen aldeas rurales en las que la gente vive en chozas de madera y paja, vive de la tierra y no tiene agua corriente. A pesar de que hay carreteras bien conectadas y pavimentadas entre las principales ciudades, también aparecen pistas de arena en las zonas rurales que comunican los pueblos sin señales que indiquen el camino. Existen ciudades ricas, con encanto, donde gente que va bien vestida y conduce grandes coches, encuentra niños descalzos y hambrientos que piden limosna en las salidas de los supermercados.

Las personas que tuve la oportunidad de conocer durante el viaje viven en las zonas rurales, sin aseos ni agua corriente, luchando por alimentar a sus familias. En todas nuestras visitas me llamó la atención la calidez, el respeto y el interés por nuestras propuestas de estas personas. Todos se esforzaron en ofrecernos lo que podían: alimentos, bebidas, información, o una zona de sombra para sentarse. Todos eran conscientes de su capacidad para vivir mejor y todos, desde niños pequeños hasta abuelas de noventa años, se mostraron entusiasmados con el hecho de poder colaborar con DAPP para construir un futuro mejor para ellos y para sus familias.

Me fui del país sorprendida por los contrastes que vi: la riqueza y la pobreza, el superávit y el déficit. Aunque el recuerdo que siempre me acompañará será el de la belleza del espíritu del pueblo, su compasión y generosidad. Tal vez este sea, más allá de los caminos sin pavimentar y los niños descalzos, el auténtico tesoro de Namibia que, con el tiempo, logrará borrar estos contrastes.

Liz Chiappa

Departamento de Proyectos Barcelona